lunes, 17 de junio de 2013

"Polecías"

 Un miércoles en la noche mi amigo Óscar me preguntó que si quería ir con él y sus amigas el viernes a un antro en la Zona Rosa. Ellas pagarían todo y la única condición era que llevara el auto para pasar a dejarlas a la casa de una de sus amigas en Lindavista. Le dije que le preguntaría a mis papás para ver si me lo prestaban. Me dijeron que sí, pero tenía que regresar a las 3:15 horas como máximo.

 El viernes llegó y como cualquier otro viernes entramos a nuestras clases. Salimos a las 19:30 horas y nos regresamos a nuestras casas para arreglarnos. Pasé después por él y fuimos por sus amigas a Lindavista. Emprendimos el camino hacia el antro, y llegando ahí, no sé cómo le hicimos, pero entramos, pues éramos aún menores de edad. Teníamos 16 años. Estuvimos en el lugar cinco horas aproximadamente y a las 2:30 horas del sábado nos fuimos a dejarlas. Como ya era noche no sabíamos bien como salir de ahí, ya que las calles solo eran de un sentido y estábamos norteados. No ubicábamos Montevideo e improvisamos.

 Dimos a la avenida, pero en el carril de contraflujo. Sabiendo que esto no era lo correcto, me salí de él lo más rápido que puede, pero  ya era demasiado tarde. Me habían visto unos policías desde su patrulla. No sé qué paso por mi cabeza en ese momento que quise perderlos entre las calles de esa colonia. ¡Grave error! Cuando me di cuenta por el retrovisor ya eran dos patrullas las que me seguían. Era más que obvio que no las perdería. Me detuve en una calle y me pidieron mis papeles.

 El oficial me preguntó qué de donde veníamos, le dije que de una antro y de dejar a nuestras amigas. Dijo que si sabía de qué hora a qué hora funcionaba mi premiso para conducir, le respondí que de las 6 a las 22 horas. ¡Pero eso no era todo! Me había estacionado en una calle en sentido contrario y me traté de dar a la fuga cuando me dijeron por primera vez: “Carro gris, oríllese a la orilla”. Haciendo la cuenta, había quebrantado el reglamento de tránsito de cuatro maneras diferentes y en un ratito.

 Hablé con ellos para que me dejaran ir y pensé en ofrecerles dinero, pero solo traíamos 100 pesos y nuestros celulares. Se los comenté y me dijeron que no podían hacer eso; y me pidieron que los siguiera para llevarme al corralón. Avanzamos unas cuantas cuadras y me hicieron una seña para detenerme. Bajé del auto y me acerqué con ellos. Me dieron los documentos y me dijeron que podía irme. Me  explicaron cómo salir de ahí para ya no cometer el mismo error. En el camino íbamos hablando de cómo nos habían parado los policías y de cómo la libramos. Fue algo que el lunes tuvimos que contarles a nuestros amigos de la prepa.    

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